Relatos de Salamandra.

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Relatos de Salamandra.

Mensaje por Salamandra Koori el Vie Ago 19, 2016 2:48 am

La huida.


No faltaban más que minutos para la hora. Los ángeles que protegen la entrada de la biblioteca hacen un cambio de turno a las doce de la noche. Llevaba meses observándolos, estudiando la biblioteca de día, planeando todo esto, y por fin iba a hacerlo. La verdad es que estaba nerviosa.Ni siquiera mi hermano sabía que estaba planeando esto, y yo ni siquiera sabía que consecuencias podía acarrearme. Pero necesitaba hacerlo. No podía vivir sabiendo que nos ocultaban información, que todo lo que nos contaban era mentira. Los ángeles de la zona no eran gente buena y pura, ni de broma. Se supone que los ángeles somos los buenos, pero... Suspiré. No podía evitar pensar en como trataban a mi hermano los ángeles de su edad. O como me trataban a mí. Siempre éramos los raros, claro, sin padres importantes que nos diesen todo lo que pidiésemos. Parecíamos una molestia. ¿Y si ellos no eran buenos... los demonios no podrían no ser malos?  Esa pregunta era lo que me hizo venir, que me hizo querer entrar en la biblioteca... donde guardan los libros prohibidos. Bueno, realmente, no creo que fuesen más que historias de ángeles sádicos, y con un poco de suerte algún libro escrito por demonios o ángeles que se hayan largado de aquí.

La hora se acercaba. Sacudí la cabeza, e intenté concentrarme. Le había cogido prestado, sin pedir permiso, claro, un objeto a mi hermano que te hace invisible. Con eso, y mucho cuidado, esperaba que no me pillasen. Me acerqué lentamente cuando se habían alejado lo suficiente. Sólo tenía unos segundos, y no podía desaprovecharlos. Había memorizado una runa que permitía abrir puertas, así que la utilicé, y cerré cuidadosamente. De todas formas, después tendría que escapar por otra salida, sabía que ya no había vuelta atrás. Corrí por los pasillos, subí todas las escaleras, sin usar las alas por miedo a ser descubierta antes de tiempo. Y vi la puerta vieja y ajada con el cartel de prohibido y un largo letrero que detallaba todas las razones por las que estaba prohibido y los castigos ejemplares que recibiría quien entrase sin el consentimiento de los superiores. Sabía lo que era, pero no por haberlo leído nunca, si no por las charlas educadoras que recibíamos desde pequeños. Lo ignoré de nuevo, y dibujé la runa encima... Pero la puerta no se abrió. Mierda. No  tenía tiempo. No sabía mucha magia, en realidad. Cosas muy básicas, lo poco que nos permitían aprender. Pero recordaba otra runa, una que podía producir una leve chispa de fuego. ¿Suficiente para quemar esa puerta? Tenía que probar. La dibujé y la puerta ardió al instante. Me asusté, las alarmas comenzaron a sonar con mucha fuerza, y empezó a haber movimiento en los alrededores de la biblioteca.

-¡Mierda, mierda, mierda!- no pude evitar decirlo en voz alta. Llevaba una mochila donde cabían unos cuantos libros, no todos los que había, pero algunos seguro. Cogí los primeros que vi, uno con tapa negra que parecía ser demoníaco, otro blanco que parecía tener enseñanzas sobre magia angelical, y los metí en la mochila. Después vi uno enorme que tenía pinta de ser el más viejo que allí había, y lo cogí entre mis brazos. No era lo que yo hubiese querido, pero el fuego se propagaba, y tenía que elegir... y rápido. Había una ventana un poco más abajo, donde las escaleras. Fui corriendo hasta allí, le di un golpe con toda mi fuerza, empujando mi cuerpo contra ella, desplegué las alas mientras caía y salí volando desde allí. Sé que me seguían, pero no podía pararme. Sentía cristales hincados por mi piel, pero no me importaba. Tenía que huir. Y pensaba llevarme a mi hermano conmigo. Había oído de que había mundos en los que convivían ángeles con demonios, o incluso con humanos, seres que sólo conocía por mis libros. Seres que siempre me habían descrito como malvados o influenciados por el mal. Abrí el libro que llevaba en los brazos, buscando una página que parecía que no pertenecía al libro. Un mapa. Bingo. Llegué a la casa donde vivíamos mi hermano y yo. Miré por la ventana. Parecía que no me seguían, pero no podía fiarme. Desperté a mi hermano, le di lo que le había cogido prestado, y le insté a que hiciese una maleta rápida, mientras yo cogía una bolsa más grande y guardaba algo de ropa y objetos que podían hacerme falta. Cogí una daga también que tenía escondida debajo de mi cama. Intenté ir a ver como lo llevaba mi hermano, pero un estallido que derrumbó una pared entera de la casa me lo impidió.

-¡Corre!- Fue lo único que conseguí gritar, en medio de ese caos. Vi como mi hermano venía hacia mí, y salimos volando antes de que volviesen a atacar y llegaran a acertarnos.

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