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Mensaje por Keadilan Revolusi el Jue Mayo 26, 2016 1:45 pm

Desde hacía un tiempo, mis diferentes caminos me habían dirigido hacia la Facultad de Criminología de la Universidad. Tenía gracia que alguien como yo, con los negocios que tenía entre manos, me paseara tranquilamente junto con mi viejo conocido, el investigador Delgado, por aquellos impolutos pasillos llenos de estudiantes. A pesar de mi poco común aspecto, camuflado, no tuve problemas en tratar con las más jóvenes y brillantes mentes, expertas en las resoluciones de crímenes más jodidos que podían ocurrir en la ciudad. A veces me sentía molesto de que compañeras como la investigadora Rickson tratara de psicoanalizarme por no querer acompañar al resto de los grupos de trabajo a tomarse unas copas. Eso, junto con los problemas que habíamos tenido con la cosa, que ahora se hacía llamar Johanna, me procuraban un nivel de estrés lo suficientemente alto como para temblar por si surgían de repente unas enormes garras o alas estando en medio de la oficina.

-Tranquilo.- comentó Delgado. –Sabes que lo dice de coña. Eres una persona ocupada, y ella lo sabe.

El caso es que Delgado me estaba ayudando mucho para entender algo más a Johanna. Para él, no era un ser de procedencia desconocida que se transmutara, pero yo tampoco era un ser del inframundo, así que no trabajaba con toda la información. Según ascendíamos por un ascensor de cristal, le pasé un expediente de aquella chica. Según parecía, era completamente controladora y psicótica, hasta el punto de clavarle en la espalda a alguien un cuchillo de carnicero si lo requería. Era el perfil de una criminal en toda regla, y por eso, nos venía bastante bien. Delgado tan solo nos advirtió de que no se nos escapara de las manos el trato con ella, y por desgracia, eso ocurrió.

[…]

Un par de noches después, estaba con el equipo cargando algo de material pesado, para ser importado desde el otro lado del mar mediante un navío, con contenido bastante ilegal. Seríamos un pequeño destacamento de diez, seis demonios, tres ángeles y Johanna. Al no haber ningún rastro cercano de humanos, todos poseíamos nuestros atributos antinaturales, dotándonos de mayor fuerza para realizar las pesadas cargas o permitiéndonos volar con diversas alas. Por mi parte, me había quedado apoyado en el tejado del almacén, vigilando y fumando un cigarrillo. Las ventajas de ser uno de los jefes de los destacamentos era que podías vaguear todo lo que quisieras, y ninguno de ellos se quejaba. Mientras terminaba de apurar la colilla, pude ver en medio del resplandor de la noche la melena rubia y los ojos claros de Johanna, totalmente fijos en mí, inexpresivos. Puede que hubiera salido del inframundo y hubiera visto múltiples atrocidades en mi larga vida, pero los seres así todavía me producían un escalofrío interno. Y mientras pensaba en esto, ocurrió la tragedia.

Un sonido sordo y un enorme resplandor se produjeron a varios metros de mí. Un calor insoportable y la onda expansiva me lanzaron por los aires, envuelto entre una columna de humo y fuego. Un pequeño proyectil explosivo había impactado sobre el tejado del almacén, abriendo un profundo agujero por el que caí, rompiéndome el ala derecha. Habiéndome desplomado sobre un montón de escombros metálicos, pude ver a través de las puertas de la pequeña estructura, y para sorpresa de mis amigos, cómo un ejército humano de alrededor cien efectivos y un par de camiones blindados nos habían sitiado silenciosamente en el puerto, y alumbraban enormes focos amarillentos hacia nosotros. El segundo golpe fue una explosión por otro proyectil igual que el primero, esta vez dentro del propio almacén, lanzando por los aires a los ángeles y demonios que no habían conseguido esquivarlo emprendiendo el vuelo. Acto seguido, pude ver cómo la cabecita rubia de Johanna se dirigía a refugiarse detrás de las líneas enemigas. Una vez nos habían sorprendido con las defensas bajas, el gran número de militares comenzaron a concentrar el fuego de ametralladoras ligeras sobre nosotros. En un rápido movimiento, impulsado por las alas, pude desplazarme a un lado del almacén, esquivando las numerosas balas. Los que no fueron tan rápidos como yo, como mi compañero ángel Ardustras, fueron masacrados en un instante por la lluvia de metralla.

Teníamos que contraatacar, y por suerte, eso se nos daba bastante bien, a pesar de haber sido completamente sorprendidos. Los otros dos ángeles que quedaban vivos emprendieron el vuelo por fuera del almacén, y desde una considerable altura proyectaron un cegador rayo de luz que distrajo a todo el pequeño ejército. Aprovechando aquella confusión, di una señal a los demonios que quedábamos y con una velocidad inhumana, armados con nuestras garras, cuernos y dientes, nos lanzamos contra las primeras filas de hombres armados para desgarrarles. Conscientes de nuestra estrategia, y deslumbrados por la luz de nuestros angelicales compañeros, los soldados volvieron a abrir fuego, esta vez a bocajarro. Tras cercenar a uno de los humanos con mis afiladas garras, contemplé una imagen que me revolvió el estómago y dio un vuelco a mi oscuro corazón. Uno de mis amigos demonio, Surwes, con quién había ido a la escuela de combate antes de ser desterrado de mi hogar, cayó a causa de un par de balas desviadas, que le atravesaron el pecho y el abdomen. Sus ojos verdes perdieron en ese instante la vida, aunque había caído luchando, yo estaba dispuesto a vengarme.

Pronto, junto con el resto de demonios, conseguimos destruir a los cien hombres armados, a pesar de que habíamos sufridos varias bajas, entre ellas, un ángel más y tres demonios.
Tras haber vencido aquella pequeña emboscada, el ángel que quedaba se dispuso a buscar entre los escombros a los heridos y atenderles, mientras que a los fallecidos les arrojó al mar antes de santificar sus cuerpos. Uno de mis compañeros demonios, que había derribado los camiones blindados, trajo a rastras a Johanna ante mí. Su cabellera rubia ahora estaba manchada de sangre, y sus ojos brillaban con terror bajo la luz de la Luna. Supuse que la visión de aquella derrota inesperada, y encontrarse cara a cara con un demonio furioso como yo no podía si no causarle un espanto tremendo.

-¿Qué hacemos con ella?- preguntó ansioso el engendro que la retenía.

Por un instante, cogí una de las pistolas que los guardias desmembrados habían poseído hace unos instantes, y la coloqué en el cuello de Johanna, mientras mi dedo temblaba sobre el gatillo. De sus ojos, aún más brillantes de terror, comenzaron a salir lágrimas, pero no eran de arrepentimiento. Mi corazón latía a cien por hora, recordando el dolor que me producía el ala rota, el cómo había sido acribillado mi amigo Surwes, pero también rememorando la labor de mi compañero, el investigador Delgado, y el resto del grupo de Criminología. Me hallaba en un conflicto interno que podía haber resuelto fácilmente pulsando el gatillo, pero había negado esa naturaleza, la de mi pueblo, hace mucho tiempo. Resentido, enfadado y vengativo, retiré la pistola de su cuello y me di media vuelta.

-Gracias…-murmuró Johanna, medio ahogada por el agarre del otro demonio.

Aquella frase, a poder ser, me enfureció aún más. Comencé a gritar.

-¡No me des las gracias! ¿¡Crees que no vas a pagar por lo que nos has hecho!? ¡Todavía no ha llegado tu hora, no! ¡¡Y créeme que me encantaría ver cómo tus traidores sesos se desparraman esta noche por el asfalto!! Pero todavía no… Y no creas que te vas a escapar…

Le hice un gesto con la cabeza a su captor. Este, en un retorcido movimiento, clavó sus garras sobre la fina piel de los gemelos de Johanna, traspasando los músculos, de modo que no pudiera escapar. Esta, mientras profería un grito de dolor, fue asaltada por unos extraños espasmos, que cambiaron durante unos segundos su forma, color de ojos y de pelo, dejando ver su verdadera naturaleza, muy lejana de la humana. Acto seguido, se desmayó, y el demonio la cargó a sus hombros. Los supervivientes y yo mandamos al navío zarpar con una silenciosa seña, antes de abandonar el puerto en dirección a la ciudad.

No. No puedes darle las gracias a un demonio después de traicionarle. Solo puedes rezar porque rasgarte los gemelos sea lo peor que haga contigo. A fin de cuentas, no soy alguien bueno, aunque en el fondo se abran poco a poco sentimientos como la compasión. Si ni yo ni mis chicos rebanamos el cuello a un traidor, será porque todavía hay algo de utilidad en su vida, pero que tenga por seguro de que va a sufrir.

Ya que morir, al fin y al cabo, es algo que todos hacemos.

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"¿Quién dijo que no se podía tener hambre de conocimiento y sed de sangre al mismo tiempo?"
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