El ángel Asael

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El ángel Asael

Mensaje por Méredith Satanasa el Jue Mayo 26, 2016 11:12 am

En las claras tierras habitadas por los ángeles siempre parecía reinar la paz. El aire era puro y fresco, la luz relajada y amable y el viento suave y respetuoso.
Me senté una vez más sobre la roca al borde del acantilado. 780 años atrás aquella roca era puntiaguda y peligrosa, pero no lo suficiente como para no salir ilesa de una batalla entre dos ángeles jóvenes y estúpidos. Mis hermanos partieron la roca, dejándola herida de muerte al perder su poder. Pero yo había visto que podía hacer algo. Así que durante 780 años iba y me sentaba en una mitad mientras que la otra la usaba o para apoyar mi espada o para cualquier otra cosa. Con el tiempo la piedra aceptó mi presencia y se moldeó a mi cuerpo.
Desde entonces siempre que volvía a casa, visitaba a mi roca.
Como ahora. Pero ya era hora de partir. El atronador rugido de la trompeta que avisaba que era hora de marchar a la batalla retumbó por todo el lugar. Me levante y me estiré. Mis alas se abrieron al máximo. Allí quieta observé el cielo y las nubes, enamorándome de su esplendor.
Una vez más la molesta vocecilla que solo decía disparates inundó mi cabeza.
Ojalá pudiera quedarme aquí para siempre, observando la belleza del mundo, en vez de destruirlo.
Pero no puedes. No debes. Los ángeles estamos hechos para pelear contra los demonios y así preservar la paz.
¿Pero por qué debo pelear? ¿Qué paz? ¿Por qué todos parecen felices al clavar su espada en el corazón de su enemigo, al oír cómo chilla de agonía y cómo exhala su último aliento? ¿Dónde está el placer?
Cállate. No hay placer. Los ángeles no sentimos placer. Sólo hacemos lo que debemos hacer.
¿En serio? ¿Esto es lo qué realmente debes hacer?

Enfurecida me giré y di una patada a la roca que servía para sujetar mi espalda. Esta salió volando, perdiéndose en el bosquecillo de detrás del caserón familiar.
Agobiada observé el lugar en el que anteriormente estaba la enorme roca. Nunca me había dado cuenta de que debajo suya vivían miles de criaturas, sustentandose de su protección y firmeza. La roca a la cual solo le había dado la función de sujetar mi arma había encontrado una función aún más importante. Y yo había mandado a volar su esfuerzo. Algo dentro de mi despertó, una extraña sensación que inundó mi corazón, haciendo que se sintiera pesado y asfixiado. Me llevé la mano al pecho y apreté la mandíbula.
Esto es lo que tienes por no pensar. Esto es lo que llevas haciendo milenios. Esto es lo único que eres.

El segundo rugido de trompeta desgarró el firmamento. Me serené todo lo que pude.
Yo era un ángel, un ángel guerrero. Y como tal solo debía servir y pelear. No pensar. Solo pelear.
Me dejé caer por el acantilado y subí volando, deslizándome entre las nubes y saboreando su frescura.
Solo sirvo para matar, destruir y matar
No tengo ningún otro cometido. Soy Asael y soy un ángel guerrero.

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Denal

Mensaje por Méredith Satanasa el Sáb Ene 07, 2017 12:42 am

Amanecía como cualquier otro día, cualquier otro día para cualquiera. Cualquier otro día para todos. Incluso para ella.
La observé atentamente. La noche había sido dura, y muy, muy larga. Su rostro se mantenía duro como la piedra, insondable, no reflejaba ningún sentimiento. Porque así quería ella, porque no sabía exactamente qué sentir. Recogía los cadáveres y los apilaba dentro de un circulo que había dibujado horas antes con sangre. Sus brazos temblaban, al igual que sus piernas. Jamás se acostumbraría a aquello. El peso del ángel que cargaba pudo con ella y terminó tirada en el suelo, exhausta. Me apresuré a acercarme, fue un movimiento reflejo, pero me detuve a medio camino, recapacitando. ¿Qué pretendía hacer? ¿Ayudarla acaso? ¿Levantarla? Me quedé aleteando. No podía ayudarla. Ella ni se dio cuenta de que me había movido, seguramente incluso había olvidado que estaba allí. Sus ojos se veían vidriosos. Se miraba las manos y una vez más no supe descifrar qué rondaba por su cabeza. Siempre había sido así, siempre había una parte de ella que no podía leer. Levantó de nuevo el cadáver y lo dejó junto a los otros. Tras un suspiro, contempló el resultado de su trabajo. Todos esos cuerpos destrozados, brazos cortados, piernas en posiciones imposibles, huesos y alas rotas y sangre, mucha sangre.
Aquello era natural para mi, y de cierta forma también para ella, pero, ¿por qué ahora mismo semejante imagen me parecía tan grotesca? ¿Por qué lamentaba tanto que tuviera que vivir así?
Supongo que porque en parte me sentía culpable.
Culpable por nuestra situación actual, culpable por lo que había pasado, culpable por su suerte.
Y sabía que ella no me guardaba rencor alguno y jamás lo haría, por muy duras que resultasen sus palabras a veces, pero... yo sí me sentía culpable.

Se arrodilló en el suelo, entrelazó las manos y cerró los ojos. Poco a poco el susurro que salía de entre sus labios se hizo más fuerte.
Nunca había conseguido entender completamente aquella lengua, pues era la lengua de los antiguos ángeles, un lenguaje que había muerta hacía muchos siglos y que ahora pocos eran capaces de entender. Estaba bendiciendo los cuerpos.
La sangre del círculo comenzó a brillar y una suave luz inundó el lugar. Una pequeña ráfaga de aire corría alrededor de los cadáveres, creando un torbellino y su voz crecía también. El aire movía sus roídas ropas y su negra cabellera sucia de sangre y tierra. De repente, el aire se disipó junto a la luz y la montaña de cuerpos estalló en llamas. Ella terminó su cantico y se sentó mejor en el suelo. Tenía la mirada fija en las llamas. Pasaron minutos, horas y más horas.
Yo me quedé quieto en mi sitio, no me atrevía a interrumpir. Ella se molestaría si interrumpía. Sobretodo porque no quería que yo supiera que cada vez que pasaba algo así ella rompía a llorar en silencio, dolida, enfurecida y triste, muy triste. Ella no quería que supiera que se le partía el corazón cada vez que debía levantar la espada contra un inocente, aunque ese inocente tuviera intención de matarla. No quería que supiera que sufría por su desgracia. No quería que viera sus lágrimas, porque para ella, llorar significaba debilidad. Y en toda su vida jamás pudo permitirse ser débil. Ahora tampoco.

Así que me quedé atrás, viendo una enorme hoguera calcinando los cadáveres que esta misma noche habían tratado de acabar con nuestras vidas, y su espalda, ligeramente encorvada, meneándose suave y silenciosamente.
Me quedé atrás, observando cómo ella se consumía, y por primera vez en mucho tiempo me sentí miserable.
Me ardía el pecho y el odio burbujeaba dentro de mi corazón. ¿Por qué? ¿Por qué no pude protegerla? ¿Por qué no pude ayudarla mejor? Solo la había traído desgracia y desdicha.
Eso me pesó como una losa.
Desgracia y desdicha. Sí. Tenía sentido. Tenía razón. Ese era yo, el que solo era capaz de traer desgracia e infelicidad. Y sin darme cuenta eso era lo único que había dado a la única persona que de verdad amaba.

Era monstruoso. Un autentico demonio.
Me reí para mis adentros. Qué amargo.
Clavé de nuevo mi mirada en ella.
Era tan dulce, tan amable, aunque sus palabras fueran duras, aunque sus ojos fueran fríos y su espada fuera letal, era incapaz de odiar. ¿Por qué alguien así debía existir? A veces llegaba a odiarla solo por eso. Porque despertaba en mi sentimientos que no deberían existir, porque cambió mi vida radicalmente, porque al entrelazar nuestros caminos, al aceptarme tal y como soy, al no odiarme como hubiera hecho cualquiera, al sonreír de esa manera, a mirarme con dulzura y al consentirme tanto me había atado a ella.

Vi cómo se levantaba, con cierto esfuerzo y extendía los brazos, ejecutando aquella extraña danza que había aprendido para controlar los elementos, y el aire se movió alrededor de su cuerpo.
Qué hermosa se veía.
El aire apagó las últimas brasas que se resistían a morir y se llevó las cenizas que el fuego había dejado, esparciéndolas por el horizonte, donde probablemente podrían descansar de esta patética guerra que nos acechaba.
Bajó los brazos y la oí suspirar, oí el latir de su corazón y cómo se movían sus costillas rotas. Se giró hacia mi sin realmente verme y por un momento creí que se rompería como una espada mal forjada. Se me encogió el corazón.
Pero de repente sus oscuros ojos se aclararon, volvieron a tener su característica luz y una suave y amable sonrisa se dibujó en su magullado rostro, solo para mi.
Me dolía que hiciera eso.
Se acercó, primero temblorosa, después con decisión, y al estar a mi altura me miró a los ojos.
<<¿Qué turba tu mirada?>>
<<Tu sonrisa>>
<<¿Y por qué mi sonrisa turba tu mirada?>>
<<Porque no se cómo mirarla>>.
Su sonrisa se ensanchó, dejando entrever sus dientes, y unas cuantas arrugas se formaron alrededor de sus ojos.
"Como un ángel" murmuré para mis adentros. Y me reí, por supuesto.
Ella debió captar que algo me hacía gracia, porque levantó una ceja, interrogante, o al menos lo intentó, porque no se había dado cuenta de que tenía la cara hinchada y llena de sangre.
<<Que extraño eres Denal>>
<<No acepto eso viniendo de ti Asael>>
<<No es Asael, ya te lo he dicho>>
<<Cierto, perdón, perdón. ¿Cómo es ahora?>>
Se quedó mirándome seriamente, como si no se esperase esa pregunta. Rodó los ojos, con ese gesto característico suyo cuando se le olvidan las cosas. No pude evitarlo y me reí. Ella se enfadó.
<<No importa. Tampoco es que tenga a nadie para que me llame o recuerde mi nombre>>
<<Me tienes a mi>>
Eché a volar con mi diminuto cuerpo de cuervo y me separé de ella unos metros. Caminamos unos minutos hacia una pequeña cabaña escondida entre las piedras. Si me hubiera girado, hubiera visto cómo sus ojos se humedecían, como sus labios temblaban y cómo ella trataba de contener el movimiento mordiéndolos. Si me hubiera girado podría haber visto su gesto risueño, podría haber visto cómo una pequeña sonrisa trataba de nacer.
Pero no me giré.
<<Te tengo a ti>>
No. No me giré. Porque no podía y porque no hacía falta.

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